En Femenino – La Vorágine, por María Nieto Díaz

 

 

No quiero que este artículo suene a premeditado, a forzado, a obligado por la fecha… pero lo cierto es que la fecha obliga. Hoy es 8 de marzo, y celebramos el día de La Mujer (así, con mayúsculas, porque nosotras lo valemos y porque los nombres propios van con ellas, y este engloba los nombre de los miles de millones de mujeres que poblamos el orbe).

Este es, obviamente, un artículo de opinión. Pero es, además, un artículo en primera persona del singular. Femenina.

Parece increíble que el siglo XXI sigamos hablando de desigualdades por razón de sexo –de género-, pero lo cierto es que las hay. Seguimos cobrando menos que vosotros por el mismo trabajo, seguimos enfrentándonos al techo de cristal que nos impide alcanzar puestos de responsabilidad, seguimos cargando con el peso de la casa y la familia en nuestras espaldas –y lo que es peor, en nuestras conciencias-, seguimos accediendo menos y peor al deporte de élite…

Y todo eso, todas esas cosas por que las luchamos las mujeres –y muchos hombres-, esas reivindicaciones occidentales, reales y necesarias se quedan en nada si miramos “un poquito más allá”. Yo lo tengo más difícil que mis compañeros varones por el hecho de ser mujer, pero en muchos países no lo tendría más difícil: lo tendría imposible. Incluso en según que ambientes, lugares o familias, incluso dentro de mi propia ciudad. Y sí, escribo esto en marzo de 2012. Así están las cosas, por mucho que nos neguemos a creerlo.

No pienso escribir sobre la igualdad entre géneros porque no creo en ella. No soy igual a un hombre, pero tampoco igual a ninguna otra mujer. En lo que sí creo es en la igualdad de oportunidades, en el derecho a decidir, a forjar mi propia vida.

En el mundo en que vivimos, se dictan leyes y se aprueban normativas pensadas para igualar mis oportunidades con las de mis colegas: cuotas de participación femenina, ventajas fiscales para quien contrate a una mujer… No creo en estas normas, aunque entiendo su finalidad. Pero no viviremos en un mundo realmente igualitario hasta el día en que pueda acceder a un puesto directivo gracias a mis capacidades –y pese a mi vagina-; o hasta que me contraten gracias a mis capacidades –y no gracias a mi vagina-.

También se ponen en tela de juicio otras leyes, como la actual ley del aborto, que me permiten decidir sobre si deseo o no ser madre, sobre cuándo y cómo quiero serlo –si es que quiero-. Al margen de la discusión moral, o incluso teológica, hay algo en las palabras del actual ministro de justicia que, como decía mi madre, le mete miedo al miedo. Una sociedad que cree que se puede presionar a una mujer al aborto –o contra él- es una sociedad que considera la tutela del género femenino una realidad. Y no somos niñas, somos mujeres. La tutela no es un acto tolerable. Así de sencillo.

Vivimos en un mundo machista. Sí, todavía hoy. En un mundo donde ser mujer ya no es el handicap que era, pero sigue siendo “un problema”. Y, en parte, el problema nos lo ponemos nosotras mismas. Se nos han abierto puertas, pero nosotras no hemos cerrado otras. Se nos ha dicho “puedes ser lo que quieras, crecer profesionalmente”. Pero nosotras mismas no nos hemos dado permiso para fallar, para pedir ayuda, para no poder con todo.

Hemos salido de la cocina, a buscarnos las lentejas “fuera”. Pero no hemos aprendido a compartir el trabajo “de dentro”. Y sí, es tarea nuestra, puesto que nosotras la ejercíamos, el “enseñar” a nuestros compañeros que la casa, los niños, la vida es cosa de dos.

Tenemos, y lo digo sin pudor alguno, una extremada tendencia a la “superwomanmanía”, a decir en voz alta “yo puedo”, como si decir “con todo no puedo” fuese un estigma insuperable.

Y podremos trabajar con las leyes, trabajar el lenguaje sexista, censurar las actitudes tuteladoras o menospreciativas, pero me váis a perdonar el exabrupto: no estaremos en un mundo igualitario hasta que una mujer no pueda entrar sola en un pub, pedir una copa, y disfrutarla tranquilamente sin que la miren como a una loca, o a una pobre chica abandonada, a la que han dado plantón… o hasta que no podamos sentarnos con un hombre en una cafetería, pedir un café y un gintonic, y que no nos pongan automáticamente el café delante porque el gintonic “es cosa de tíos”.

Porque en las pequeñas cosas están los grandes pasos. Y esos no se escriben con género.

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Un Comentario en “En Femenino – La Vorágine, por María Nieto Díaz”

  1. Isabl P. Pol marzo 8, 2012 a 9:35 am #

    Magnífico María. Te lo cojo prestado porque dices exactamente lo que pienso.

    (Ah, y yo ya llevo mucho tiempo tomándome una copa sola cuando me da la gana. (sobre todo cuando vivía al lado del Patachin y salía del curro tan tarde) También ahí el estigma es ‘voluntario’ y cuestión de actitud. Es que hay cosas a las que no hay que hacer ni caso.

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