Llegas a casa después de haber pasado todo el día de acá para allá, y te tropiezas con doscientas menciones en el facebook, en el twitter, en el correo electrónico y hasta en los whatsapp. “Pero si mi cumpleaños es pasado mañana”, piensas. Hasta que descubres que todo el mundo te escribe con la misma cantinela: “¿Has visto el anuncio de Loewe?”
Y entras en youtube y lo buscas, claro. Y ante tus ojos desfilan un grupo de pijos –porque son pijos y punto- con patata caliente en la boca y todo,que destripan lugares comunes del tipo “Estar enamorada es super guay” o “lo mejor de España son las españolas”, mientras pasean bolsos de 1400 aurelios –que molan mil, por otro lado, y que te encantaría tener… porque tener un Amazona molaría mucho-, colocados sobre sus cabecitas de chorlito, en lugar de colgados al hombro, como todo hijo de vecino.
El anuncio ha dado la vuelta al orbe. Normal, claro. Por hortera –porque es hortera hasta el hastío-, por chabacano –es muy cutre, esto es así- y por inadecuado. Loewe es una marca con solera, diseño español del bueno, y marroquinería excelente, además de cara, claro. Y el spot no está ni de lejos a la altura de la firma.
Pero lo que más gracia me ha hecho del asunto es la ofensa generalizada del universo, porque, al parecer, la marca aseguraba en su nota de prensa “representar a una parte importante de la juventud española”.
Seamos realistas, este anuncio, feo –no como los bolsos-, cutre –no como los bolsos- y poco apropiado –no como los bolsos-, es precisamente eso: un anuncio. Y como tal no representa nada, o al menos, nada al margen de a la propia firma, que bastante tienen con lo suyo. Porque si yo fuese Loewe, además de despedir al publicista, ya me había cortado las venas con el filo del asa del Amazona, lo tengo muy claro.
La publicidad es un producto de ficción. Sí, basado en hechos reales –como los telefilms que las cadenas generalistas programan a mediodía-, pero no es un telediario, ni un documental, ni si quiera es un reality. Es publicidad, es fantasía, es imaginación y es, o debería ser, una forma de potenciar la imagen de la marca –que, francamente, en este caso concreto creo que ahí flojean un huevo, porque la imagen de Loewe que tenía antes de este anuncio era mejor que la que tengo ahora, pero bueno…-
Es un anuncio. Más feo que Picio y desafortunado hasta decir basta, pero no es un estudio sociológico de la juventud española. No nos rasguemos las vestiduras… bueno, o sí, eso depende de si, al terminar de visionar el anuncio de Loewe, tropezamos con el que la Santa Sede ha puesto en marcha con la idea de captar seminaristas –así de clarito os lo digo-.
¿Ah, cómo? ¿Que no lo habéis visto tampoco? No os preocupéis que yo os lo resumo: ¿Recordáis aquel anuncio de los noventa que el Ministerio del Interior se curró para conseguir que la muchachada se alistase a las Fuerzas Armadas? Pues lo mismo, pero en lugar de soldados salen curas, y en lugar de Blanquita, la cabra de la Legión, sale… bueno, no sale ninguna mascota porque la Iglesia Católica en eso está todavía muy atrasada, que no tienen mascota, con lo que eso vende.
Por lo visto este anuncio también ha sentado mal. Es oportunista, dicen, porque se apela al sueldo fijo y el trabajo estable para captar vocaciones, con la que está cayendo. ¿Y qué esperaban? ¿Que apelasen al poder desengrasante del copón, como si fuese un vulgar KH7? (de este anuncio ya hablaremos otro día, porque merece una columna aparte para él solito).
¡¡¡Pues claro que es oportunista!!! ¡¡¡Pues claro que ensalza las bondades del sacerdocio!!! ¡¡¡Que es publicidad, por el amor de dios!!! (nunca mejor dicho). Es un producto pensado para “vender”, para ilusionar, no para contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Ni que fuese la declaración del caso Noos. Me hubiese parecido sumamente extraño que los publicistas contratados decidiesen mencionar el celibato obligatorio, el hecho de tener que currar los domingos o el uniforme incómodo y feo –la casulla no debe ser precisamente un chandal-, porque con eso más que acercar a los jóvenes a la iglesia los habrían alejado, y a un publicista se le contrata para ensalzar lo bueno y maquillar –u obviar- lo malo. No para que te lo cuente todo y tú decidas.
Cierto que la publicidad tiene también su código deontológico. Debe ser veraz, no mentir, no engañar… pero nadie ha hablado de decirlo todo. Una cosa es asegurar que si te haces cura tendrás sueldo fijo –verdad verdadera-, y otra muy diferente es asegurar en un anuncio que si te haces cura te tocará el euromillón –que sería falso de toda falsedad. Lo aclaro por si acaso-.
Yo, después de esta semana de publicidad delirante, he llegado a la conclusión de que los españoles no sabemos distinguir entre el telediario y Gran Hermano, entre la realidad y los productos de ficción. Y me preocupa, la verdad. Quizás ha llegado el momento de que la teoría audiovisual, y las diferencias entre productos de realidad y productos de ficción sean asignatura obligada en el educación obligatoria, porque a este paso consideraremos que “Quién Quiere Casarse con mi Hijo” es un fiel reflejo de los solteros españoles, y a ver cómo atajamos la oleada de suicidios femeninos entonces.


