Su curriculo profesional no deja lugar a dudas: Hector Francesch es un artista indiscurtible, una carrera en la que viene destacando desde el año 2000, y que le ha granjeado, además de múltiples premios y menciones, el favor de una crítica muchas veces equiva, y lo que es más importante, el de un público que se acerca su obra, vitalista y con cierto aire pop, con ganas de comprar además de admirar.
Durante unas horas, cada vienres y sábado, este pintor extrovertido e irreverente cuelga sus pinceles para acercarse a la serigrafía en su taller coruñés, una disciplina que domina –ha tomado e impartido clases en la betanceira Fundación CIEC, decana y maestra de serigrafistas de renombre-, y que ahora acerca a quienes se interesan por ella en unos talleres que imparte con mimo y disciplina, dos de las carácterísticas principales de su trabajo.
Su alumnado lo forman profesionales, semiprofesionales o aficcionados, con una única condición de participación: ganas de aprender. Clases casi personalizadas en las que el instructor enseña y el alumno crea, como debe ser.
Entre serigrafías propias, cuadros que pondrían los dientes largos a casi cualquier coleccionista o amante del arte contemporáneo, y botes de pintura, Francesh despliega su paciencia –infinita, como corresponde a un serigrafista- y su talento –impaciente, como corresponde a todo artista-, para demostrar a los presentes que una buena técnica depende, sobre todo, de la práctica y el detalle.
Imagen: Pablo Rodríguez
Texto: María Nieto Díaz


